sábado, 9 de diciembre de 2017

Nieve blanca (en las medianoches)

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No me resisto a poner la fotografía de la vega de mi pueblo y la pose del Moncayo tomada desde el Altillo, pequeño promontorio por el que discurre la carretera desde La Rinconada hasta las Tierras Altas sorianas. Dos años esperando merecen este exordio.
Pensaba comentar el Berlín del historietista Jason Lutes (1967), no el completo (que se va a componer de tres tomos con el que se publicará en 2018), sino el primero, Ciudad de piedras, que se traduce en 2005, y abarca desde el inicio de la República de Weimar, en 1918, coincidiendo con el término de la primera guerra mundial hasta 1929. Esta novela gráfica exige atención continua en su lectura (al menos a mí), por los distintos ambientes que retrata, pasando de unos a otros sin divisiones claras ‒será un reflejo de la vida, me digo‒, y por lo esquemático de muchos de sus diálogos, apoyados en los dibujos, lo que supone que sobreentiendes los silencios.
Pero en estos días de medio fiesta me decido a poner un poema (pues ya hace tiempo que no lo hacemos), está vez del cubano llegado pronto a Estados Unidos, y escritor también en inglés, Gustavo Pérez Firmat (1949), extraído del recopilatorio Sin lengua, deslenguado (2017), en el que está el poemario Cincuenta lecciones de exilio y desexilio (2000), cuyo poema 48 dice:
Mi noche no es medianoche:
es tempranera, inicial: mañana de noche.
No es la noche de los insomnes o los suicidas.
No es la noche del silencio o la ansiedad.
No es la noche del fantasma o del grito.
La mía es noche de certezas, no de dudas:
el sí de la noche.
La mía es noche de claridades, no de sombras:
la luz de la noche.
Mi noche no tiene paredes.
Mi noche vive en la garganta.
Cierro los ojos para ver la noche.
[Salud. A la espera de que la Vida conceda noches blancas a quienes gobiernan la res pública].

domingo, 3 de diciembre de 2017

Biografías, Ciencia y Patriotismo

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«Hace unos años, cuando terminé de leer Resurrección, de Tolstoi, escribí llorando en una solapa del libro: “la vida es en sí misma una tragedia”. Pero en realidad no es así, la vida no es una tragedia, es una lucha. ¿Para qué sirve la vida?, la respuesta de Romain Rolland es “para conquistarla”. Creo que es cierto». Así inicia el prólogo a su novela, en parte autobiográfica, Familia, el escritor chino Ba Jin (1904-2005).
¿Acaso es parte de esta lucha el (intentar) fabricar una bomba atómica por ser patriota? National Geographic ‒presente desde 1888‒ está impulsando la colección Ciencia, en la que se ocupa de cuidadas ediciones sobre personalidades de los campos de la física o matemática influyentes en la sociedad. Por mi parte, su lectura cumple dos de mis aficiones: las biografías y las ciencias aplicadas (aunque reconozco que no me entero de todo lo que cuentan). En este caso, he optado por ocuparme con Werner Heisenberg (1901-1976), uno de los físicos que en 1925 puso cierta claridad a las investigaciones cuánticas llevadas hasta ese momento y que, dos años más tarde, propone la formulación por la que pasa a la posteridad: el principio de incertidumbre (que tal vez sería indeterminación).
También es conocido por no querer abandonar Alemania durante la subida del nazismo y, a la postre, por incorporarse al proyecto de fabricar la bomba atómica durante la segunda guerra mundial. El libro que comentamos no simplifica el asunto y nos pone sobre otras pistas, en las que se ve que desde posiciones antinazis en la manera de considerar la ciencia, se puede dar un paso tan grave como el mencionado por dejarse involucrar en el patriotismo.
La obra de teatro Copenhague (1998), de Michael Frayn (1933), presenta redivivo a Heisenberg y a Niels Bohr (1885-1962, que trabajaría en el proyecto estadounidense) y su esposa Margrethe, con la pretensión de adivinar lo que ocurrió en el conocido paseo que dieron los dos premios nobeles en 1941 en la capital danesa (entonces ocupada), cuyo contenido permanece en la penumbra o la ambigüedad.
[Salud. A la espera de que la Vida reparta más ciencia y menos patriotismo a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 27 de noviembre de 2017

Marta Sanz y La Recolectora (encuentros)

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El inicio de cada temporada en el club de lectura es una época especial. Desde los meses veraniegos de ausencia, bailamos en torno a la sorpresa ‒¡ay, con qué comenzaremos!‒. Este otoño, en La Recolectora, lo hicimos con Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz. No decepcionó. Para completar el descubrimiento (o la confirmación), el pasado martes, día 20, acudimos (quienes podíamos) a escuchar a la autora en la charla que daba en los locales del Museo de la Evolución Humana ‒tan propio‒ para presentar su último libro: Clavícula.
Se agradece el encuentro personal. En él se despliega el lenguaje no verbal. El cuerpo se mueve. Las manos (que escribieron) dibujan el aire. Las palabras cobran sentido en este escenario. Sí, es verdad, sus libros son lupas. Se resisten a las melodías de escaparate. Prefieren la variedad de registros, las armonías, las disonancias.
¿Revolución? No diríamos tanto. Esa palabra es muy seria e implica renuncias y sacrificios vitales que no se hallan aquí presentes, que no llegan a extremos (o, al menos, nos parece así). Inconformismo sí. Marta Sanz se halla en una de las literaturas del momento. Tiene voz. Sin preocupaciones por ser complaciente con lo que se lleva. Recuperando el lenguaje de calle que nombra los afanes cotidianos desde el cuidado y la precisión. Frescura que pueda tomarse ‒hay quien lo hace‒ por periodismo o ensayo. Autobiografía con la virtud de transcender lo particular, de abrir el biombo que separa fondo y forma, privado y público, cuerpo y espíritu.
A Daniela siguieron (en nuestra Casa Redonda): Tuya, de Claudia Piñeiro; Todo lo que hay, de James Salter; Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig; y estamos ahora con El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza.

[El lector (fotografiado por Chus) es un recolector. Salud. A la espera de que la Vida analice las clavículas de quienes gobiernan la res publica].

martes, 21 de noviembre de 2017

La muerte de Tolstoi

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Solo con un día de retraso llegamos al aniversario de la muerte de Tolstoi (1828-1910), ocurrida un 20 de noviembre –ya se sabe que la misma fecha en que mueren un dictador, un falangista y un anarquista de este país–. El suceso es uno de los espacios más visitados de este territorio que es la literatura (y el cine, con La última estación). Este joven pendenciero, jugador y mujeriego sufre una transformación en la cincuentena que le lleva a ser erigido poco menos que un mesías entre quienes le siguen, al denunciar las condiciones de esclavitud del campesinado ruso y la organización eclesiástica.
La madrugada del 29 de octubre escapa en secreto de su mansión de Yasnaia Polaia, convertida desde hacía años en una campana de cristal, asediada por periodistas desde que su propietario decidiera hacer públicos sus cuadernos. De ahí que, al día siguiente, la desaparición se conoce en toda Rusia y en parte del mundo. En el desgarro espiritual en que vivía, antes de salir redacta su testamento dejando al pueblo ruso como destinatario de los beneficios de sus obras (cuyo administrador será su editor V. Chetkov).
Internet posibilita acudir a páginas de gran valor documental y a otras no tan valiosas, traspasadas por opiniones personales, que suelen re-citarse como las moscas. De ahí que es normal leer en la nube que Tolstoi lo que hace en este último gesto es huir de su histérica esposa, Sofía Behrs, una vez que el amor de la pareja hace tiempo se ha difuminado. Pero no parece que haya que despachar a esta mujer con ese adjetivo. Sofía tiene 18 años cuando se casan en 1862 (como dice ella, después de leer los citados cuadernos, con un hombre que va detrás de todas las faldas) y en el transcurso de 25 años (hasta 1888) está embarazada y pare 13 veces (de quienes tienen 25 nietos). Ayuda a su marido en la corrección de su obra e, incluso, realiza copias a mano de Guerra y paz.

Stefan Zweig (1881-1942) le dedica uno de sus Momentos estelares de la humanidad (1927), completando la obra de teatro Y la luz brilla en las tinieblas, en la que Tolstoi había pre-visto las circunstancias de su muerte entre la paz interior y el desgarro espiritual que sufrió durante tantos años, ocurrida en la casa del jefe de estación de Astápovo (hoy Lev Tolstoi).

[Salud. A la espera de que la Vida muestre la última estación a quienes gobiernan la res publica].

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Arquitectura del cómic (historias dibujadas)

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No resulta fácil retomar la literatura después de convivir unos días en la depurada prosa de Salter (1925-2015) –Todo lo que hay o La última noche, es un decir–. Ahí se comprende que recursos narrativos como las analogías, oxímoron, elipsis o los tiempos redoblan su potencial al ser utilizados en los momentos precisos, o sea, en su manejo. Casi todo está inventado, pero el estilo deviene en definitivo a la hora de narrar de modo diferente a la cotidianidad situaciones de las que se espera provocar sacudidas en el alma de quien lee.
En este vacío puede echarse mano de la abundante producción de narración gráfica actual. Y, aunque no se sea entendida/o (como es mi caso), sorprende ver un lenguaje similar a la hora de trazar paisajes urbanos en obras tan dispares como las de Doyagüe, Zapico o Canales. Me digo si será influencia de Angulema. En la versión que hace el primero de los cuentos de Gogol La nariz y El retrato (cuyo trazo de los personajes no termino de asimilar); en la sorprendente La balada del Norte del segundo (con dos álbumes hasta la fecha, dignos de ser tenidos en cuenta); y en Como viaja el agua del tercero (obra que emula las series de novela negra y social) aparecen esos edificios de las calles céntricas decimonónicas de San Petesburgo, Oviedo o Madrid, reconocibles en su trazo amable y señorial (evocador de París).
Para paliar esta mi ignorancia interpretativa de los tebeos, de vez en cuando echo mano de algún texto heurístico y, en esta ocasión, llama poderosamente mi atención la reciente obra de Enrique Bordes Cómic, arquitectura narrativa (2017), la cual se centra en los decorados de estas obras, dejando a un lado la estructura del cómic en sí. En su defensa, quede la cita de R. Töpffer (1799-1846), considerado el padre moderno del género, la cual refiere que «la historia dibujada, que los críticos miran con desdén y los académicos apenas perciben, ha tenido gran influencia en todos los tiempos, quizá más que la literatura escrita». Hoy ya no puede decirse lo mismo, según podemos ver en las ilustraciones de esta entrada, que provienen de Unflattening (2015), de Nick Sousanis, una tesis doctoral presentada en formato ilustrado en la Universidad de Harvard.

[Salud. A la espera de que renueven sus «historietas» quienes gobiernan la res publica].

jueves, 9 de noviembre de 2017

Elogio del teatro (y de su posible fracaso)

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Continúo atravesando con gusto El Parral camino del trabajo; el suelo persiste en extender el otoño, si bien cada vez va tomando más color de barbecho. Desde el cambio de hora reciente, con el resplandor de la fronda, a la 8 de la mañana se ve lo suficiente como para leer las primeras líneas del día. Llevo en el bolsillo un libro manejable, de tamaño similar al de un teléfono inteligente, con letra de cuerpo 4 (más o menos), perfectamente legible. Es de la editorial Continta metienes, asentada en Carabanchel, interesada en una mezcla curiosa: feminismo, artes escénicas y conocimiento. Se titula Elogio del teatro y anuncia que se trata de un diálogo –o conversación desenfadada a orillas del Ródano– de Alan Badiou con Nicolas Truong, surgida del encuentro público habido entre filósofo y periodista en el Festival de Aviñón en 212. (Aunque más bien sea un requerimiento del segundo al primero).
Lleva un adecuado prólogo de María Folguera (1984) con el título de «El pan, la luz y la pena», ya que considera que el teatro tiene esa inmanencia, ese apego en lo cotidiano que lo hace pan; al tiempo que tiende a iluminar aspectos incomprendidos o agresivos de nuestro hacer; y –qué decir– el día a día nos muestra el obstinado fracaso del diálogo entre el pan y la luz. También en los teatros, en los que se tiende a escarmentar el mensaje en sus mensajeros.
«Si eres de los que aman el teatro no llegarás a preguntarte [por qué necesita un elogio]: a los teatreros nos encanta situar en él el origen del mundo, de lo humano y de la invención de Dios, y por ello lo consideramos una víctima de la incomprensión de los mortales, que rara vez se sientan en una butaca del mismo», escribe la prologuista. (Ya Platón criticó en profundidad lo equivocado de su vibración y prefirió la filosofía; aunque –¡oh, ironías!– la escribió en forma de diálogos, que terminaron teatralizados).
No me siento capaz de condensar aquí las opiniones y propuestas del filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou (1937), iniciado en la adolescencia en las tablas, él mismo actor en Los enredos de Scapin (de donde surgirá su Ahmed el sutil), con lo que comprendió que es un arte más de posibilidades que de ejecuciones (cerradas); es ese arte de hipótesis, ese temblor del pensamiento ante lo inexplicable, que, por muy vanguardista que se considere (y que tienda a la inmanencia-cuerpo-danza), no puede olvidar que cada obra en un pequeño velero en el mar de la inmensa producción mundial desde Esquilo a Castellucci, pasando por El alcalde de Zalamea, Rosas rojas para mí o El zapato de raso.

[Salud. A la espera de que la Vida deje sin entradas el teatro de quienes se divierten (‘desvían la atención’) en la res publica].

viernes, 3 de noviembre de 2017

Locura y Creación en esta "Litoral"

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mis admiradores creen que me he curado,
pero no, solo me he hecho poeta
(Anne Sexton)
¿Rozaban la locura Mishima o Pizarnick, al menos en algunos momentos? Sin duda que las relaciones entre demencia y literatura son variadas y cada caso puede diagnosticarse de manera propia en la multiplicidad de artistas que no escapan a los delirios. Por mi parte, me marean los ensayos dedicados al tema, pues suelo estar de acuerdo con todas las explicaciones que se dan, aun cuando resulten contradictorias. Es como si quedara atrapado en las palabras mismas, más allá del significado que les dan. Cómo no estar de acuerdo con Séneca cuando afirma que nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae –‘no hay gran fuerza imaginativa sin mezcla de locura’– (asentado en el Problema XXX de Aristóteles, que reconoce un talante melancólico común, lo que alivia a Cicerón y ya «no me mortifica el hecho de ser algo lento de comprensión»).
Con suerte, se puede hojear en las bibliotecas la revista malagueña Litoral –incluso presumir de chifladura al comprar alguno de sus monográficos y despreciar la amortización de la hipoteca–. El del presente verano, el 263 –no en vano es una de nuestras revistas más longevas, iniciada en 1926–, se dedica a «La Locura. Arte & Creación», y despliega su acostumbrado tesoro de textos e ilustraciones en una mezcla tan atractiva y sugerente que te absorve durante sus 282 páginas. Incluye reflexiones sobre la enajenación, de Hipócrates a Lacan; relatos sobre manicomios –institución que traen los tiempos modernos del XVII; Gorj escribe: «¡Corría como un loco! Detrás de sí dejaba diez años de manicomio…»–, desde Chejov (ese delicioso Pabellón n.º 6) hasta Begoña Callejón; remedios para la amencia, de Hildegarda.
…para qué continuar. Decir que no falta un extravío de la razón ni esta alteridad ni aquella tempestad de las almas ni el canto del loco ni (claro) el elogio de la locura ni (pues que también habla la pintura) soñadores de la razón perdida art brut ni (cómo a alguien se le podía pasar por la cabeza) locura de amor ni (para cualquier final) el suicidio ni la muerte y yo (es decir, tú) ni un catálogo de (locos) objetos ni (quedarnos) escuchando la locura.
[Salud. A la espera de que la Vida saque del parvulario a quienes gobiernas la res publica].
[Ilustraciones: Andrea Kowch y My heart de Yayoy Kusama].

viernes, 27 de octubre de 2017

Mapas y fechas

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Con frecuencia echo de menos un par (literal) de detalles en los libros. Uno de ellos es consignar en lugar visible en la primera ojeada las fechas de nacimiento y (en su caso) muerte de quien lo escribe. No hace mucho (re)leí Miau de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y en todo el aparato documental que acompaña a la publicación, hecha en una conocida editorial, que incluye una extensa introducción, bibliografía, etc. no venían dichos datos y tuve que echar mano del buscador de internet (que todo el mundo tenemos en boca) para averiguarlo, lo que antes hacía en la enciclopedia de casa.

Y algo parecido me sucede con la ubicación geográfica donde se desarrolla la acción de determinadas obras, sean de ficción o de ensayo, en que echo en falta un mapa en que situarme. Escribo esto porque me he llevado una grata sorpresa al comenzar la reciente edición de la novela La partida de los músicos (2016), de Per Olov Enquist (1934), el escritor sueco que fuera guionista de Ingmar Bergman (1918-2007), situada en el golfo de Botnia, entre Finlandia y Suecia, que lleva el valor añadido de estar en color, con sus peces, renos, gaviotas y ballenas. (Seguramente dediquemos una entrada a la obra).
Hablando de mapas, he tenido durante una temporada de libro de mesilla de la chilena Francisca Mattéoli, de madre escocesa, Historias y relatos de mapas, cartas y planos. Esta mujer ha conocido el exilio, la inmigración, los cambios de país, los viajes de placer, los humanitarios o los viajes para escribir sus libros. El viaje como modo de vida. La visión que proyecta sobre los lugares de los que escribe le permite vivir de ello. Viajando ha aprendido «miles de cosas; aprendí que nadie tiene la verdadera respuesta y que hay mil formas diferentes de ver la vida y las cosas. Aprendí a ser humilde, a ser menos presuntuosa y mirar a la gente y al mundo con más atención». Pero que todo nace de la misma aspiración y las mismas capacidades.

[Salud. A la espera de que la Vida haga viajeros y no viajantes a quienes gobiernan la res publica].

sábado, 21 de octubre de 2017

Aniversario Burgostecario en el Día de las Bibliotecas

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Nadie vale más que tú,
pero tampoco nadie vale menos.
(proverbio de la Amazonía)
Los chopos han puesto amarillo el suelo de El Parral. La lluvia que anuncia el viento lo dejará brillante. Elijo unas hojas sin puntos negros ni bordes decaídos y las pongo entre las páginas de ¿Quién es Alexander Grothendieck?, de Winfried Scharlau. La verdad es que lo que me gustaría es coger las que han caído de las dos moreras que están junto a la casa del antiguo albergue, en el centro del parque, pero tendría que abrir la puerta de la cerca para llegar a ellas, y el perro está plácidamente tumbado ahí. Esas sí que tienen luz. Podría distribuirlas entre la nueva edición de José Menese, biografía jonda, de Génesis García –me interesan los puntos de vista de esta mujer y las reflexiones a que me obliga–, y la de Artistas, de James, Hawthorne y Kafka ‒«nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro cometido».
El 24, martes, es Día de la Biblioteca. Fecha en la que Burgostecarios cumple su décimo aniversario. Ya sabemos que la mayoría de quienes aparecen en las tribunas públicas no frecuentan las bibliotecas –apenas si las consideran un apéndice electoralista–. Podríamos preguntarnos si tampoco lo hacen quienes llenan las plazas. Queda claro que no cuando se lleva entrada de alabarda. Y, en los casos en que sí las pisan, cuál es la utilidad de las mismas. En las estanterías se hallan numerosos testimonios de libertad, de entendimiento comunal, de iniciación, que superan las épocas de pandillas adolescentes y aborrecen las cadenas, largas o cortas.
«Yo llevo en el bolso mi porción de coltán», escribe Carmen Camacho en Campo de fuerza. Ahí pongo pétalos de rosa de las que aún florecen. Al igual que en los dos volúmenes de la Obra poética de Elena Martín Vivaldi (1907-1998), a la que homenajea Rafael Guillén: «Siempre llegamos a destiempo. / Cada llegada es un fracaso. / Parte ya el tren y conseguimos / subir en marcha. Todo en vano. / Nos lleva. Pero ya se ha ido».

[Salud. A la espera de que la Vida instaure examen de sentido común en quienes van a gobernar la res publica].

domingo, 15 de octubre de 2017

Miau. Animales domésticos

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Para Marta Sanz (1967) la literatura es una lupa, un instrumento para hacer visible aquello que tenemos a la vista pero que dejamos de lado. Sus novelas no dejan de soliviantar conciencias y hacen que quienes las leen se planteen cuestiones sobre asuntos en lo que habían pasado de puntillas. No es que sea una innovadora total ‒según pretenden algunas críticas‒, sino que conecta con esa corriente inquieta siempre presente en las letras españolas (y en las universales; no hay más que acordarse de la cofradía del cuero), si bien bastante apaciguada por la línea de las grandes editoriales, que prefieren los escritos cómodos.
Animales domésticos (2003) es una novela de Marta Sanz, el origen de cuyo título no deja de ser sorprendente. En una reunión a la que asistía la autora con gente lectora, una mujer comentó que había dejado de leer. Ante ello se interesan por conocer las razones. La susodicha refiere entonces que cada vez que leía un libro nuevo, los miembros de su familia le iban pareciendo más insulsos y estúpidos; eran algo así como «animales domésticos». Y de ahí saca el título para esta obra de crítica a la familia entre sus espacios públicos y privados, que, a decir de algunos, se recrea reiteradamente en algunos clichés, hasta el punto de volverse tediosa en determinados apartados.
La citada novela toma su andamiaje de Miau (1888), de Benito Pérez Galdós (1843-1920), libro al que casualmente he vuelto en estos días de intermedio para disfrutar su prosa: «Cadalsito abría [la condenada Gramática] con prevención y veía las letras hormiguear sobre el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante [de la cocina]. Parecían mosquitos revoloteando en un rayo de sol. Leía algunos renglones. “¿Qué es el adverbio?” Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen a otra». Obra que nos remite a la conjuración de las palabras del autor canario, en la que el aspecto animalesco de los personajes devienen en simbólicos. El propio Galdós la consideró «obra ligera y de poca piedra», pero el tiempo ha mostrado que no es un cabo suelto o sobras de una anterior. En ella andan los males de nuestra sociedad.

[Salud. A la espera de que la Vida deje de considerar un oficio el hacer políticas en la res publica].

domingo, 8 de octubre de 2017

Buenos días, guapa

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Tal vez hoy no podría considerarse un título ‘correcto’, pero se publicó en 1977 en el Berlín oriental y su autora, Maxi Wander (1933-1977), decidió darle esa cabecera: Buenos días, guapa; e introducirlo, para aclarar el origen de este epígrafe, con un par de las Canciones gitanas («¡Buenos días, guapa! / Por una mirada tuya / mil dinares son poco. […] Si no vienes, / sacaré del pan el cuchillo, / limpiaré del cuchillo las migas / y te lo clavaré en el corazón»). Se trata de la transcripción de diecinueve historias de mujeres desde 16 a 92 años, que sorprenden por su frescura, por su profundidad, por el cuidado que desprende el texto, por la dedicación que muestra en su confección, en su montaje (incluso alterando, a veces, recuerdos o testimonios).
No es de extrañar que las mujeres de Alemania occidental, la del europeísmo, se quedaran estupefactas viendo cómo sus compatriotas del otro lado del telón estaban bastante más avanzadas que ellas en la forma de llevar las relaciones personales y familiares, con su desparpajo sexual. Utopía en vivo, ¡eso sí que es una comunidad autónoma! La misma Maxi Wander, nacida en Viena, había decidido vivir en esa zona, debido a la hipocresía de la sociedad capitalista, aun siendo consciente del inmovilismo y aporía socialistas.
Es el reportaje de entrevistas, género literario tan valioso como otro cualquiera de ficción, premiado con el Nobel a Svetlana Aleksiévich en 2015, necesitado de empatía a la hora de conseguir el material y de sensibilidad a la hora de montarlo. Wander pudo aprender de Sara Kirsch (1935-2013, cuya poesía tenemos traducida), también asentada entonces en el Berlín oriental (del que fue expulsada), y autora de Die Pantherfrau. El encargo de realizar el libro lo había recibido su marido (del que contamos con su hermosa autobiografía, La buena vida), pero este comprendió que era un reto a la medida de Maxi. Eso sí, la fortuna se le mostró esquiva: el libro fue un éxito inmediato, pero se le había declarado un tumor que le cercenó la vida; a su entierro acudieron muchas mujeres a las que ayudó a transformarse, que continuaron ayudando a su familia.

[Salud. A la espera de que la Vida disuelva los caprichos (políticos y sociales) de quienes gobiernan la res publica].

lunes, 2 de octubre de 2017

Autoras/es invisibles (traducir sin traicionar)

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No estaría de más que las grandes editoriales pagaran traducciones directas de idiomas poco conocidos aquí y que lo anunciaran en las obras. Incluso que pudiéramos conocer el currículum de quienes las hacen. No sé si el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que en estos días pasados ha promovido la campaña Autores Invisibles (aprovechando que el 30 de septiembre es el Día Internacional de la Traducción), se plantea algún tipo de iniciativa para que suceda lo que comentamos.
Por mi parte, he tenido la fortuna este verano de que me regalaran dos obras bilingües de la editorial Taiseido Shobo, japonés-español, que cuenta con la precisa labor traductora de Elena Gallego Andrada y de Masateru Ito. Se trata de Leamos Dazai Osamu en español y de Cien poetas. Un poema cada uno. El primero se corresponde a uno de los autores modernos más celebrados (y controvertidos) de Japón, Dazai Osamu (1909-1948). El segundo es una de las antologías clásicas más memorizadas del país asiático, Ogura Hyakunin Isshu, que recopila poemas desde el siglo VII al XIII («Qué solitaria esta casa / cubierta de malas hierbas. / Nadie me visita ― / solo viene el otoño abatido», Monje Egyo).
Es posible en este mundo de la traslación, puesto que se sitúa dentro de la cultura, rondar los plagios o las apropiaciones. La (polémica) filósofa Ayn Rand (Alissa Zinovievna Rosenbaum, 1905-1982) en la novela La rebelión de Atlas (1957) escribe: «Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada».
Quedamos con la esperanza: «Como agua / del torrente del río / que se precipita hacia abajo / podemos ser partidos por una roca, / pero al final / seremos uno otra vez» (Sutoku In).
[Salud. A la espera de que la Vida conceda visión (y no visiones o delirios) a quienes gobiernan la res publica].

martes, 26 de septiembre de 2017

Destierros. Migrantes

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Son muy numerosos los casos de exilio y destierro relatados en la literatura provenientes de situaciones políticas y sociales. Claudio Guillén (1994-2007), con la elegancia y sagacidad que le caracteriza, se ocupa de algunos de ellos en El sol de los desterrados: literatura y exilio (1995), y destaca dos elementos que se hayan presentes en la mayoría de estas situaciones: la contemplación del sol y los astros les lleva a aprender a compartir un destino común; y, por contra, se produce una pérdida, un empobrecimiento, un desangrarse en una parte de sí misma a la persona trasterrada, que la descoloca a la hora de participar en lo común.
Diógenes el Cínico, desterrado de Sinope (que le afeó a Alejandro Magno el que le tapara el sol), le sirve al autor para iniciar el estudio del ostracismo – escrito en ostraka– en la antigüedad griega, desde la que pasar al inevitable Ovidio, latino, tan opuesto en su postura al anterior, pues no se descabalga en su poesía de la aflicción, la nostalgia y la lamentación; bien es cierto que es enviado al orbis ultimun, cerca de la desembocadura del Danubio, donde no conoce ni la lengua –de ahí su Tristia–. Y no deja de lado a China, que ya cuenta con imperio desde el siglo II a.n.e., en la que la condición de político y literato es indisoluble, por lo que la caída en desgracia administrativa conlleva el destierro a provincias más o menos lejanas, desde las que expresar «la tristeza, el desconsuelo, la espera impaciente de la rehabilitación y del regreso». Por ahora, paramos aquí este libro, en el que no falta Dante, las diásporas o el destiempo.
Más cercana lanza la mirada (y las palabras) Andrés Sorel cuando escribe Las voces del Estrecho (2016, ya editada en 2000). El segoviano no duda en calificar de genocidio todo este migrar, y en tantos casos, morir de quienes huyen de su tierra en busca de una vida en la que contar con posibilidades de existencia digna. A quienes vemos las imágenes en los medios de información, amantes de la literatura, sin que actuemos al respecto, tampoco duda en calificarnos de «melancólicos extranjeros», emulando el verso de Jorge Guillén al referirse a los paseantes de los cementerios, «última tierra en el destierro». Centrando la polémica pública en interminables debates inútiles. Pero... somos de aquí.
El Estrecho ya no es solamente un lugar, es una metáfora, un paso, un dragón, un muro; sus orillas definen dos tipos de vida; huida, comida; en el centro, tumba.

[Salud. A la espera de que la Vida conceda visión (y no visiones) a quienes gobiernan la res publica].

martes, 19 de septiembre de 2017

Un amor imposible (para Chistine Angot)

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Recurrir a experiencias personales para tramar una obra de ficción es algo muy común, según sabemos. En la que ahora nos ocupa, el nombre de la protagonista coincide con el de la autora, Chistine Angot (1959, incluso en su primitivo apellido, el materno, Schwartz, antes de que su padre la reconociera legalmente). Es de suponer que la urdimbre también guarda parecido con la vida de quien escribe la novela, en cuyo caso supone un relato vívido, una expresión (a veces descarnada) de las relaciones con su madre, con el fondo del padre Guadiana, que la lleva a contactos incestuosas en la adolescencia.
Un amor imposible (2017) puede impactar. Y más pensando en que tiene base concreta en una persona que nos lo está contando. Poco hay que esforzarse para imaginar la base real de estas situaciones. Sucedidas en nuestro entorno de forma más frecuente de lo que suponemos quienes no estamos sometidos a esas existencias. Ya se había referido la autora a estos hechos en El incesto (1999) y en Una semana de vacaciones (2012), ambas obras polémicas, y ahora se centra más en la convivencia que mantiene con su madre, en donde pasa por la admiración, el rechazo y la reconciliación. (C. Angot no se corta demasiado; incluso, ha sido denunciada [y condenada] por airear la vida privada de personas de su entorno).
No puede decirse que disponga de una literatura brillante. Digamos que es práctica. Es opinión común que no llega al estilismo de la que puede ser considerada su maestra en el escribir: Annie Ernaux (1940). Pero Un amor imposible -el de su madre y su padre, de clase social diferente- va ganando en complejidad según avanzan las páginas. Y, al final, seguramente agradeces el haberlo leído.
[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

martes, 12 de septiembre de 2017

Amistad antes de la muerte

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La pintora Paula Becker (1876-1907) muere después de dar a luz, tras una hemorragia, y al expirar susurra «¡Qué lástima». La convención literaria nos ha legado un poema de Rilke como muestra de amistad con la fallecida, un hermoso requiem for a friend («Tengo muertos y los dejé partir / […] tan solo tú regresas, / me rozas, me rondas, quieres topar con algo / que a ti suene y te delate».)
Pero Adrienne Rich (1929), escritora y poeta (acostumbrada a «oir y escuchar a los demás, guardando dentro de mí el lenguaje de experiencias distintas a las mías […] he sido transformada, mi poesía ha ido transformándose, en este proceso sin fin»), reescribe los hechos (al igual que otras hacen con la mujer ideal de Becker o la paciente espera de Penélope). Para ella, la amistad, profunda amistad, de Paula se daba con la mujer de Rilke, Clara Westhoff (1878-1954). Ambas se conocen en Worpswede, colonia de artistas cercana a Bremen, en el verano de 1899; después viven en París el primer medio año de 1900, tiempo en que Clara asiste a clases de escultura con Rodin –«¡Qué bien trabajábamos juntas!»–; en el verano vuelven a Alemania; en 1901 es cuando Clara y Rilke se casan y, poco después, Paula lo hace con el también pintor Otto Modersohn (1865-1943).
A. Rich escribe entre 1975 y 1976 Paula Becker a Clara Westhoff, un poema, simulando el tiempo del embarazo y el sueño de su muerte –«No quería este hijo. / Eres la única persona a la que se lo he dicho […] Siento que avanzo / con paciencia, e impaciencia, dentro / de mi soledad […] Sé y no sé bien / lo que busco»–. Habla de las relaciones entre las dos mujeres y el poeta, del que Paula está celosa por separarla de Clara, razón por la que la primera también se casa, pero «el matrimonio es más solitario que la soledad». Termina recordándole sus primitivas conversaciones y propósitos, fundamentados en su ser de mujeres, «nuestra vieja promesa de no sentirnos culpables», en la lucha por la verdad.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) estrecha(s) nación(es)].
[Las pinturas corresponden a Clara Westhoft y Autorretrato a las camelias de Paula].

martes, 5 de septiembre de 2017

La reina de los Apaches

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La primera vez que oi el término apache aplicado fuera del contexto que conocía, el indio, me dejó algo descolocado, pero no pregunté lo que significaba por no quedar en entredicho, pues se suponía que tenía que estar al tanto de ello. Pasados unos años volví a leerlo en las memorias de un exiliado español de la Semana Trágica (1909) a Francia cuando narra que viajaba en tren sin billete y, una vez pillado, le acusan de apache. Es así que me puse manos a la obra y quedó desechada mi ignorancia en este punto, lo cual me ha permitido entender el porqué del nombre dado a un servidor de internet llamado Apache, pues la red de redes tiene mucho de libertad en su construcción desde sus orígenes –la contracultura estadounidense de los setenta la toma como cauce, sin controles, para comunicarse– y ello queda patente en muchas de sus denominaciones.
Viene a cuenta lo anterior porque acaban de traducir (2017) las Mémoires de Casque d’Or, bajo el título Los apaches de París. Hacía tiempo que no me divertía tanto con un libro. Fueron escritas en su momento por Amélie Élie (1878-1933), llamada la Reina de los apaches por haber sido compañera amante de varios de los líderes de las cuadrillas de jóvenes que campaban por sus respetos en el París de finales del siglo XIX y principios del XX –«Si vas a París, papá, / cuidado con los apaches…»–, las cuales solían buscar refugio en los depauperados barrios obreros.
Las publicó seriadas el periódico Fin di Siècle en 1902. A pesar de que el texto pasó por el tamiz del periodista Henri Frémont, conserva la frescura de alguien que vivía la vida según le venía y de alguien que tenía inteligencia natural y valentía para moverse en ámbitos tan intensos como peligrosos y cambiantes. Quienes amen el cine, posiblemente conozcan la Casque d’Or de Jacques Becker, con Simone Signoret, en la que se puede apreciar ese casco de cabello rubio que la coronaba.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) estrecha(s) nación(es)].

lunes, 28 de agosto de 2017

Cigüeñas para Arsenio en Castilruiz

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Entre los libros seleccionados para este verano puse Más allá, Tánger, del extremeño Álvaro Valverde (1959), en el que la narradora vuelve, en poemas, a la ciudad donde nació –«Cualquier calle da al mar. / Cualquiera, en consecuencia, / da al morir»–, sin saber todavía que en mi pueblo, Castilruiz, se iba a celebrar un acto en homenaje a nuestro poeta, ArsenioGállego Hernández (1886-1969), nacido aquí y fallecido en Cáceres, en donde pasó buena parte de su existencia, pues allí ejercía de catedrático de Matemáticas en el Instituto. Tras su muerte, se editó un libro de urgencia, Soria y Cáceres, mis amores (1971, por cierto, impreso en Burgos); después, por mediación del catedrático Eugenio Frutos Cortés, Mis dos vidas (1973). En ambas ciudades tiene calle.
Bajo el impulso del alcalde de turno y lo llevado a cabo por las asociaciones que existen, el pueblo salva el tipo como puede (y conserva todavía ráfagas de ese antiguo perfume a cochinos que en otro tiempo trajo prosperidad), enfrentándose a la creciente despoblación, al consiguiente deterioro de edificios vacíos y al descuido administrativo.
El lunes, 21, a las 19:00 horas, estábamos convocados en lo que fue la casa del maestro, que, tras años de ruina cabalgante, se ha convertido, por empeño del actual regidor, en un coqueto Rincón del Poeta. A media tarde la gente comenzó a mirar al cielo y, entre exclamaciones, a avisar a quienes estaban en casa. Unos centenares de cigüeñas sobrevolaban el pueblo. Sobrecogedor. En la calma calurosa del espacio, el impacto oscilaba entre la gozosa nueva inédita y el presagio difuso de vaya usted a saber qué puede ocurrir –en los años que tengo no he visto nada parecido; nacerá una criatura por cada una de ellas…–. Unas doscientas se posaron en la torre y el tejado de la iglesia, mirando al este, como los girasoles; el resto por las eras del tío Juanito.
La mujer de Arsenio desconocía que su marido escribiera poesía; al morir, apareció en un armario un montón de cuadernos perfectamente ordenados. Coincidió en destino con Antonio Machado en Baeza, cuando este ya venía de Soria, una vez fallecida Leonor. Las cigüeñas escuchaban desde lo alto –¿era ese el motivo de su venida?– y, en el posterior concierto de jazz, con saxo y guitarra, aportaron la percusión.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) pequeña(s) nación(es)].

lunes, 7 de agosto de 2017

La Isla de los Ratones (veranear)

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Me aburre un poco encontrarme con gente conocida esta temporada. La conversación posible es si viajas a algún sitio ¿A dónde vas este verano? De paso, te cuentan su proyecto o, en caso de haberlo ya realizado, lo estupendamente que lo han disfrutado ¡Tienes que ir, es sorprendente! Lo engorroso llega cuando dices que no tienes nada pensado ¡Aprovecha a vida!
¿Qué decir? Es así que he optado por aventurar que estoy interesado en la Isla de los Ratones (poniendo suspense a su geografía, gastronomía y paisanaje). Cierto que con ese nombre se conoce popularmente a unislote –Isla Marnay– de la bahía de Santander, aunque aquí viene a colación porque con ese nombre se publicó una revista de poesía entre 1948 y 1955, a cargo de Manuel Arce (1928), y como editorial fungió hasta 1985 (de la mano de Teresa Arce y Julio Neira). El primer poema –que visito una y otra vez– que publica la revista es de José Luis Hidalgo (1919-1947), compuesto en 1938, en plena guerra:
Sin llamarte,
porque ya no me oías.
Con la boca mordiendo sangre y tierra.
Sin decirte siquiera:
aquí estoy,
aquí he venido
para saber de cierto que te has muerto…
Nada.
No dije una palabra,
ni un nombre;
nada que pudiera romper tu mansedumbre.
Pero yo di a tu sueño
lo mejor que tenía.
[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

viernes, 28 de julio de 2017

¡Buen Camino!

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Unir realidad y literatura es una de las misiones de las bibliotecas; un empeño que a veces no las libra de bipolaridades. El boletín Entrepueblos.Cooperación pueblo a pueblo, número 67, de verano 2017, inserta en primera plana una foto de Las Patronas asistiendo con alimentos a migrantes hacia EEUU a su paso por México ‒señalemos que es la imagen elegida por Arturo González Villaseñor para la promoción de su documental Llévate mis amores‒. Este grupo de mujeres actúa en la localidad deGuadalupe, ‘La Patrona’ (Veracruz), desde 1995, al paso del ferrocarril La Bestia. La revista citada, en el texto «Centroamérica: sobrevivir al desarrollo», hace balance de tres décadas de cooperación internacional al desarrollo dada en la zona, concluyendo que ha sido un éxito del desarrollo y un pinchazo de la cooperación; es decir, se ha progresado en la concentración de la riqueza, en la financiarización, en la deslocalización, en la especialización territorial y en la acumulación por desposesión.
Emil Kraepelin (1856-1926), padre o abuelo de la psiquiatría moderna, desarrolla su vida interior a través de la pintura, la música y la poesía. Al morir se le descubren poemas como el soneto Discordia:
Cuando la existencia me impone su desmesurado yugo,
hueste de relumbrantes destellos asoma ante mí:
es un tornasol tropel de rutilantes sueños y anhelos
que ferazmente florece y me embarga del todo.
Sin embargo, el día en que yo acabe cediendo jamás llega:
sujeto estoy, no lo ignoro, por mil férreos grilletes.
Lucho por la luz, busco gozoso albedrío,
pero ocultas fuerzas en perpetua pugna me confinan.
¿Tiene algún significado esta discordia?
¡Cómo rebosa de hiel el cáliz de la vida ante mí!
Y, sin embargo, mi ser más auténtico ama esta agonía.
Sin esta rebelión interior me odiaría a mí mismo.
¿Cómo disiparse la grisura de los días podría
sino a través de los redivivos anhelos de mi corazón?
[La ilustración es de Angelica Paez].

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

viernes, 21 de julio de 2017

La prosista poeta (Sylvia Plath)

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Sylvia Plath (1932-1963) es conocida por haberse quitado la vida y reconocida por Ariel, libro de poemas escrito el último año de vida, en el que se muestra poeta del género confesional, en paralelo a su compatriota estadounidense Anne Sexton (1928-1974), también suicidada. No obstante, «para mí –escribe–, la poesía es una evasión del trabajo de verdad de escribir prosa», algo que realiza con fluidez durante la adolescencia, pero que se le resiste en la edad adulta. Y eso que su deseo es llegar a ser una escritora popular, que gane ingentes cantidades de dinero, con lo que poder sentir que tiene un oficio respetable, además de que sueña con ser periodista de viajes y poder financiar los mismos con las crónicas correspondientes.
Sus cualidades literarias hacen que reciba una beca Fullbright (con la que estudia en Europa, donde se casa y muere). Comienza varias novelas, de las que solo termina La campana de cristal (como Victoria Lucas). A pesar de que lo intenta con ahínco y, a la manera flaubertiana, ensaya una y otra vez escribiendo minuciosas descripciones de lo que ve, además de volcarse por momentos en unos diarios (que permanecen sin publicarse en su totalidad, debido a la crudeza de las opiniones hacia quienes conoce), en las que hallan sentido muchos de los elementos que aparecen en su poesía. (Curiosamente, su escritura mecanografiada es de bastante mejor calidad que la escrita a pluma). Pero estaba «completamente aislada de la humanidad, en un vacío creado por mí misma: me sentía cada vez más enferma. Solo podía ser feliz como escritora y no podía ser escritora. Estaba paralizada por el miedo». Hasta el último año de vida, perdía la lucha cuerpo a cuerpo que mantenía consigo misma.
Es en el relato Jonnny Pánico y la Biblia de los Deseos, de 1958, cuando muestra esa libertad que aparece en Ariel y en los cuentos de 1963. Con ese nombre –Johnny Panic and the Bible of Dreams– se recopilan algunos de ellos, lo que es editado ahora en español como La caja de los deseos.

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 13 de julio de 2017

Escritor Leonardo (Sciascia)

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Se dice que la literatura tiene capacidades para decir verdades que no alcanzan a reflejar la crítica o la historia. Incluso la verdad esencial de asuntos o personas. ¡Y qué más verdadero que una vida! De ahí que las biografías pueden beber de las dos partes y convertirse en obras literarias al tiempo que narran perfiles de vida. Al menos, así me está resultando la obra de Matteo Collura sobre Sciascia. El maestro de Regalpetra (2001), en la que se ha servido de los textos de este escritor culto y elegante para mostrar el hacerse de este hombre y las palabras que compuso, de forma natural, en las que retrata y denuncia la sociedad que le toca vivir, entre otras a la mafia siciliana, algo no muy corriente.
Leonardo Sciascia (1921-1989), al igual que Sthendal (al que admiraba) o Sartre rechaza al padre y prefiere al abuelo (paterno) como figura adulta con la que moverse. Se cría entre sus tías más que con su madre. En cierto modo es un niño cuidado, que puede escapar a las condiciones de muchos de sus compañeros en Racalmuto, interior de Sicilia, abocados al durísimo trabajo en las minas de solfataras. Siempre tendrá a este lugar ‒Regalpetra‒ por centro de su actividad (aunque viaja bastante, nunca está fuera más de un mes). Admirado por sus compañeros de Instituto, debido a su extensa cultura y su capacidad literaria, se diferencia de ellos en su actuación: «no bailó nunca, jamás le dio una patada a un balón, no condujo un automóvil, no subió a una barca ni se bañó nunca en el mar» (que no le atraía). Eso sí, sabía interpretar los signos de su tiempo.
Disfrutaba de la escritura, del «placer sensual, físico del hecho de escribir»; tenía «amor por los instrumentos de la escritura», cuadernos, lápices, plumas y tinta. Esta nace desde la existencia de las minas, desde su afición al cine, desde su pasión juvenil por el antifascismo, desde la opresión mafiosa. La considera una actividad moral.
Su hermano Giuseppe se suicida a los 25 años (cuando él tiene 27). Sobre su tumba elige palabras de Cátulo (en latín):
Contigo fue sepultada nuestra casa,
contigo perecieron todas las alegrías,
que cuando estabas vivo tu dulce amor sostenía.
En su propia tumba ‒Sicilia se quedó más sola‒ quiso que se leyera: «Nos acordaremos de este planeta».

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 6 de julio de 2017

Presocráticos (sin fin)

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«Prefiere las pérdidas a las ganancias torpes, que lo uno te dolerá una vez, lo otro siempre», dejó escrito Quilón el lacedemonio (viviendo en el siglo VI a.n.e. en Esparta contribuye a las leyes de Licurgo, pero también a la militarización de la vida civil en su región; se dice que murió de alegría en brazos de uno de sus hijos al conseguir este un premio olímpico).
Me acerco cada verano a alguna obra clásica (entendiendo por ello lo que llega hasta el siglo veinte). Estos días, imbuido de las páginas de Conversación de Gonzalo Hidalgo Bayal (ya comentada en la entrada anterior), en concreto en el (magistral) relato «Aquiles y la tortuga» (en que deja sentado que «no hay fracaso más oscuro y doloroso que el que se esconde tras los éxitos extraños, tras los disfraces de la fortuna lisonjera»), me he llegado a Los presocráticos, en compilación de Juan García Bacca, que editara Fondo de Cultura Económica. Selección en la que se atiende tanto a la forma literaria como al contenido filosófico de los textos expuestos. Inicios del razonamiento filosófico.
«A la manera como la araña desde el centro de su tela siente apenas [que] una mosca está destruyendo alguno de los hilos de ella, y hacia allá corre velozmente cual si le doliera lo que al hilo le pasa, de parecida manera el alma del hombre fluye apresurada hacia aquella parte del cuerpo que haya sido herida, cual si no pudiera soportar semejante lesión en un cuerpo con el que tan firme y proporcionalmente se halla unida», escribe Heráclito en el fragmento sexagésimo séptimo.
Aquí figura hasta la que pasar por una de las frases presocráticas más tópicas: «todas las cosas se cambian en fuego y el fuego se cambia en todas las cosas, como el oro por mercancías y las mercancías por oro». Lógos refiere tanto una noción filosófica como un concepto matemático; es cuenta y es razón, tal como lo traduce García Bacca.

[Dichosa filosofía. Salud].